Navidad, tiempo de familia, de felicidad.

Encerrado en su propio cuerpo un hombre trata de hablar, pero solo le salen balbuceos. Desea aprovechar sus últimos días de vida, pero sus miembros no responden. Frustrado, intenta llorar, gritar, pero tiene medio cuerpo paralizado. No puede siquiera expresarse. Y poco a poco se hunde en la triste sombra de la muerte en vida. A su alrededor, otras personas como él, ancianos, invierten sus últimos días en una fútil rutina que no les aporta nada.

Una mujer estalla en un sollozo desgarrador. Sus compañeros, la mayoría con la mirada perdida, asisten, cínicos, al espectáculo de aquella mujer.

Se revuelve y grita, llora y llora. Y no para de repetir, en la medida que su agitada respiración le permite, que quiere libertad. Está harta de estar encerrada en esa prisión. Necesita salir de ahí. Y lo dice, prefiere morir, desea morir. Mientras, sigue gritando como una demente, aterrorizada, encerrada, desesperada.

Sus compañeros, con la mirada perdida acaban perdiendo la paciencia.

-¡Cállate coño! – le espeta su compañera.

Unos asisten al espectáculo como un mero trámite del día, que tras aquella noche volvería a comenzar, y así hasta que ya no hubieran más días.

Sin embargo, otro sonríe cínicamemte y le dice a su compañero:

-A ver si se muere ya de una vez.

Todo aquello mientras los empleados tratan de consolar a la mujer, Mari Carmen, que no deja de llorar y gritar.

El hombre paralizado escucha aquellos ruidos de fondo como un ligero rumor de aquella vida que lleva años aguantando. La soledad le machaca, y cada día se hunde más y más en su incapacidad.

Podía perder todo, el habla, el oído y la movilidad, pero había tres cosas que nunca perdería, la fe, la esperanza y el amor.

Descubrió ent0nces que a lo lejos una figura conocida se acercaba. Oyó su nombre, y de repente algo se removió dentro de él. Su corazón dio un vuelco, ¡era su nieto, su hijo, su familia!. Trató de gritar su nombre, pedir ayuda, decirles lo mucho que les quería, pero de su boca tan solo salió un balbuceo ininteligible. Frustrado por su incapacidad para hacer nada, volvió a hundirse. Pero entonces, como si hubiera entendido la profunda verdad que subyacía a aquellos balbuceos, su nieto se acercó a él y le dio y un largo abrazo. Le habló de cosas bonitas, cantaron juntos canciones de infancia, y le enseñó a través de un extraño aparato rectangular fotos del pueblo en el que nació.

El anciano quiso decirle que le quería, que eran personas como él los que le daban la vida, pero de nuevo no pudo hablar. Sin embargo, el joven leyó en sus ojos, se acercó y le dio un tierno beso, un abrazo y la promesa de que cada día le llamaría.

Sonrió entonces con media cara, y movió la mano a la vez que se despedía. Y es que si bien la muerte estaba a las puertas, nada tenía sentido sin una esperanza. El mundo no tenía ninguna razón de ser si tras el velo de oscuridad de la muerte no había justicia, paz y vida.

Esta es la voz de aquellos que ya no pueden hablar, pero que tienen mucho que decir.

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