Por Joanna. L. C

Hay tres cosas hermosas
en el albor de un día:
la magia, el amor y la sabiduría.

Las criaturas nacen felices,
son príncipes y princesas,
llenan el aire con dulzura y pureza.
Pero pronto las jóvenes criaturas
se ven arrastradas sin remedio
hacia un mundo que las consume
y las transforma en un medio.

Son un colectivo, son un grupo,
su pensamiento es el pensamiento de todos
y sus sentimientos ya sólo importan a unos pocos.

Esta es la historia de un príncipe, nacido en un cuento donde los cielos eran azules y las tierras fértiles y repletas de luz.
Un príncipe que bien pudo ser una princesa, o quizás es que realmente no importa lo que era.
Una figura a cachos, de pies de plomo, piernas de hierro, torso de acero y cabeza de neón.
Se apoyaba sobre tres pies, alguno con más fuerza que otro, pero cada uno con suficiente fuerza para aguantar a una legión.
Sin embargo, su historia avanzaba y el cuento se volvía pequeño para lo que él quería que fuese su vida.

Y es que cuando el dolor aprieta, cuando el sabor que te queda en la boca al cerrar los ojos no es más que una profunda amargura, ningún cuento puede ya sostener la historia de un joven príncipe. Este se ve obligado a salir de ahí, a buscar un ensayo, una conexión tan directa con su corazón que ya ninguna metáfora sea necesaria. Porque la pura verdad, cruel, risible y fatídica ha encontrado un lugar donde poder expresarse.

El caballo de Troya está dentro, Perseo tiene un espejo para cortar la cabeza a Medusa. Pero Teseo todavía no ha encontrado el ovillo de lana con el que salir del laberinto del Minotauro.
Escucha con profundo temor sus aullidos y su respiración grotesca, acechando en alguna esquina del laberinto, esperando a sus presas.
Teseo cree haber perdido el hilo con el que salir del laberinto, su interior se convulsiona de forma terrible.
Entonces, de repente, algo se resquebraja dentro de él.
Sus tres pies le abandonan, se alejan despectivamente.
Ellos no sujetan a príncipes con miedo, ni pueden tolerar una sola brecha en el héroe.
El príncipe llora lágrimas de cristal. Sus tres firmes apoyos le han abandonado a la vez.
Se alejan rápidamente, dialogando entre ellos.
-Nosotros no podemos tolerar un príncipe que no sea de hierro.
Ahora que han descubierto que el príncipe no es de hierro, sino de que es de un frágil cristal, huyen despavoridos. No se puede tolerar, no. No debería tener ningún defecto. Y si él, que se las da de príncipe, tiene alguno, es que merece todo el desprecio que puedan acumular.
Dejando al pobre Teseo solo en el oscuro laberinto, con una bestia poderosa rastreando el olor a carne fresca, los tres pies se pierden en la oscuridad.
El final del príncipe está cerca, podría pensar cualquier niño al oír la historia. Sin embargo, ¡qué sorpresa la nuestra al ver como el tullido príncipe hacía esfuerzos sobrehumanos por moldear unas nuevas piernas con los muros del laberinto!
Y tras un titánico esfuerzo, logró mediante el ingenio crearse unos nuevos pies, más cómodos y fuertes que los de antes.
Con energías renovadas se levantó, encontró a la bestia, la hirió y logró su objetivo. Al buscar una salida, reparó con regocijo que tenía el hilo en la mano. La salida del laberinto había estado en su mano todo el tiempo.

Y así, tal y como el príncipe tuvo que usar el ensayo para expresar su cruda realidad, al final volvió al cuento de forma natural. Y creó un nuevo género donde pudo vivir a gusto, combinando crudeza e imaginación, realidad y ficción, para sobrevivir en un mundo sin compasión.

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