El verano ha llegado definitivamente. La época de playa, piscina, gafas de sol y anuncios de Coca-cola está aquí.

Muchas de las editoriales buscan aprovechar este momento de vacaciones para lanzar sus mejores libros y explotar así el tirón veraniego. Es una gran oportunidad, también para nosotros, ya que nos encontramos en el momento perfecto para descubrir lo mejorcito de la actualidad literaria.

Y precisamente, entre todas esas novedades que se nos presentan en los escaparates, una brilla con luz propia: La desaparición de Stephanie Mailer.

Se trata de la tercera novela de Joël Dicker desde que asaltó el «Olimpo literario» con La verdad sobre el caso Harry Quebert. Esta primera novela, con una genial trama policíaca, supuso la irrupción del escritor ginebrino en el panorama literario, gracias a su poderosa forma de orquestar tramas y dirigir diálogos.

Tras una segunda novela en la que se alejó del género policíaco, Joël Dicker ha vuelto a la senda que lo catapultó al éxito prescindiendo de su personaje fetiche, Marcus Goldman.

Una apuesta arriesgada, a priori, pero que finalmente ha funcionado. Aporta frescura y demuestra que Dicker puede cambiar tanto de género como de protagonista sin perder un ápice de calidad.

Es así como llegamos a su última novela, La desaparición de Stephanie Mailer.

Como en todos los bestsellers de este autor, la trama te atrapa desde las primeras líneas. El mismo título forma también parte de esa inmersión, que despierta la curiosidad de forma poderosa. Antes de su desaparición, Stephanie aparece para dejar una frase que será el hilo conductor de toda la novela “En 1994 se equivocó de culpable. Pensé que querría saberlo antes de dejar la policía”.

Con esa sencilla premisa arranca la trama, cuya estructura se organiza de forma magistral en forma de muñeca rusa. Se plantea una serie de personajes que viven de forma separada, con traumas que los protagonistas evitan mencionar y que crean intriga en el lector. Sin embargo, conforme la novela avanza, la tensión que se ha ido forjando con paciencia crece, nos acercamos al núcleo, a la capa más profunda. Los acontecimientos se precipitan en un huracán que reúne en una misma trama a todos los protagonistas y que juega de forma exquisita con el lector, proporcionándole tantos giros como el torbellino de emociones en el que se sitúa. De forma lenta pero implacable, la lupa se va acercando, el cerco se estrecha sobre el culpable, pero la montaña rusa de acontecimientos impide que el lector sospeche en ningún momento el desenlace de la trama.

Joël Dicker arma su novela con pericia de escultor y científico. Juega con la trama y elabora la tensión mediante dosis calculadas de información. Mezcla la amalgama de personajes y la bate con maestría, sin dejar que cuaje, haciendo que la sensación de ir adentrándose en la novela sea como la de cruzar un túnel, con la única opción de seguir leyendo febrilmente en busca de la luz sobre el asesinato.

Por esa y otras muchas razones, La desaparición de Stephanie Mailer es uno de los libros del verano. Perfecto para aquellos que quieran reengancharse a la lectura. Por suerte, todavía hay bestsellers con calidad y no solo fruto de campañas publicitarias. Pero ese, ya es otro tema.

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