Otro día más…¡Argh! No soportaba un momento más en clase con estos chavales. O no se tenían en pie o no dejaban de hablar. O te atendían tanto que te interrumpían o pasaban de ti olímpicamente. Vaya guardería de engendros de Mordor-pensé mientras les fulminaba con la mirada. Casualmente nadie me estaba mirando- Hoy tocaba literatura. Me entró la risa. Intenté pensar pero el berrido estridente de un chico gordito me perforó el tímpano. Estaban todos de pie en una esquina, hablando, como no podía ser de otra forma.

-¡Chris, CÁLLATE!

-Laura, siéntate.

-Juan, me esperaba más de ti.

– Pedro, he oído hablar de esa Play Station 4 que tus padres te regalarán. Siéntate si no quieres que hable con ellos.

Caí rendido sobre mi silla y los miré. Ahora ellos eran los que me miraban. Esperaban que hiciese algo, pero seguían hablando en una esquina, fingiendo no verme. Cuando se cansaron, empezaron a irse a su sitio. Entonces, comencé a articular la retahíla de frases de las que se examinaban. Hablaba sin hablar y ellos oían sin escuchar. Cansado de tanta tontería, se me ocurrió una idea. Sin cambiar de tono, compuse mi mejor cara de «qué interesante» y comencé:

-Pablito clavó un clavito en la calva de un calvito.

Algunos asentían mecánicamente, otros me miraban embobados. El de al lado de la ventana, siempre abstraído en su mundo lejano, habló sin dejar de mirar por al infinito.

-Tres tristes tigres comen trigo en un trigal.

El resto de la clase salió de su ensoñación y estalló en una carcajada común. Sin duda pensaban que se le había ido la olla definitivamente.

Sin embargo, yo no pude evitar sonreír. Había sido el único que me había oído.

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