Por José Álvaro Martín Menjón

Son evangélicos carismáticos. Apoyan a Trump y quieren destruir toda separación existente entre la Iglesia y el Estado. ¿Lo conseguirán?

Leen la Biblia de manera literalista y descontextualizada. Creen haber recibido un llamado de Dios para imponer sus concepciones morales, contrarias a los derechos humanos, en todos los ámbitos: sociales, económicos, políticos, educativos, culturales, familiares o vinculados a los medios (aspectos estos descritos como las siete montañas, las siete esferas de la cultura). Piensan, así, construir el reino de Dios en la tierra (dominionismo) antes de que Cristo regrese por segunda vez. Asumen de este modo un combate espiritual contra un diablo encarnado por la cultura secular y sus apelaciones al respeto tolerante de la diversidad. Ven en Donald Trump un nuevo Mesías quien (como el legendario rey Ciro de la antigüedad –siglo VI AC-) liberará a los suyos del pluralismo democrático que tan dañino se ha vuelto para sus aspiraciones totalitarias. Mantienen un activismo beligerante de carácter antiabortista, en oposición a los derechos civiles de las distintas minorías, contra la formación sexual en las escuelas, contra la eutanasia….Y promueven una libertad religiosa que recupera, por ejemplo, la obligación de orar en los centros educativos, apelando a un supuesto derecho cívico por ver reconocidas sus convicciones en el espacio público. Controlan la cúpula del partido republicano y aspiran a imponer un nuevo nacionalismo cristiano donde la separación Iglesia-Estado haya desaparecido por completo. Pertenecen al movimiento pentecostal o carismático que interpreta determinadas manifestaciones sobrenaturales de carácter parapsicológico, como dones concedidos por Dios. Afirman ser los auténticos herederos de la Reforma emprendida por Lutero en el siglo XVI y se proponen extender esa capacidad de transformación a la propia sociedad que debe ser recristianizada conquistando, como hemos señalado, el poder político, con todos sus mecanismos coercitivos.

Frente a esta concepción autoidentificada, supuestamente, con un auténtico cristianismo reformado, convendría, recordar una frase del evangelio donde Jesús propone dejar un espacio  de convivencia en sociedad, ajeno a todo poder religioso: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios’ –Marcos 12.17-). Así lo entiende Lutero al formular su doctrina de los dos reinos donde el mundo terrenal o humano debe ser regido por leyes y gobernantes también humanos, configurando un ámbito de autonomía frente a cualquier instancia sagrada. El mismo reformador apela a su propia conciencia ante la dieta de Worms, donde Carlos V aspira a imponer, autoritariamente, la fe que deben asumir los súbditos imperiales: ‘a menos que se me convenza…no puedo retractarme de nada, porque no es seguro ni honesto actuar contra la propia conciencia’. Otro tanto sucede con todos los tratadistas protestantes que defienden durante los siglos XVII y XVIII, la tolerancia.  Tanto Pierre Bayle (-1647-1706-, ‘la primera y más indispensable de todas nuestras obligaciones es la de no actuar contra la propia conciencia’), como John Locke (-1632-1704-, ‘el culto religioso es un asunto entre el creyente y Dios. Los Estados no deben inmiscuirse en esta relación, ni castigar a los ciudadanos por lo que creen’), se oponen a toda interferencia religiosa que mine las libertades individuales, situando la religión en la esfera privada. Podrían añadirse múltiples ejemplos: desde teóricos del derecho como Grocio (1583-1645) y Pufendorf (1632-1694), hasta los padres fundadores de la Constitución norteamericana de 1787. Estamos frente a una laicización o desvinculación de lo político y lo religioso, inspirada por la propia convicción creyente. Identificarse como movimiento perteneciente a la tradición protestante y postular acabar con toda separación Iglesia-Estado, (tal  como sugiere este nuevo dominionismo), parece cuestionar cualquier mínima coherencia lógica.

Pero, además, las grandes reivindicaciones morales que integran su cruzada carismática, no son asumibles, desde una perspectiva protestante. Abordando asuntos como el divorcio, aborto,…la ética católica entiende que Dios ha introducido en la razón de todos los hombres, desde su nacimiento, una serie de leyes naturales que deben cumplirse obligatoriamente. Así, por ejemplo, la tendencia a la procreación es una apetencia que todos tenemos y podemos concretar en una sexualidad normativa que sólo tenga como objetivo engendrar descendencia. Al estar presente en la razón de todos los hombres, puede imponerse a toda la sociedad.

Sin embargo, la ética protestante no comparte esa concepción de la ley natural católica. Desde su perspectiva las personas no heredan unos principios morales claros presentes en la conciencia de cada cual, al nacer. Para los protestantes la existencia del mal ha degradado toda capacidad moral humana. Por ello, la decisión  valorativa sólo puede ejercitarse tras una ‘metanoia’ o transformación individual. Únicamente partiendo de este proceso, resulta posible acoger libremente unos valores u otros, en el uso de una capacidad electiva responsable. Dicha responsabilidad puede ser orientada por propuestas bíblicas, pero siendo siempre resultado de una conciencia libremente ejercida, que no cabe imponer al resto de la sociedad.

Desde estos parámetros, no tiene sentido organizar cruzadas dictatoriales donde los propios criterios morales se exijan implacablemente al resto de la comunidad política. No existe una ley natural inscrita en el corazón de todos los hombres. Para el protestante, únicamente un ser humano nuevo, transformado, puede desarrollarse moralmente de forma enriquecedora. Y, en ese proceso, las Escrituras transmiten unos valores que deben ser asumidos siempre libre y responsablemente por cada sujeto. Además, la Iglesia no está para condenar, sino para apoyar a la persona en su proceso de decisión. Por todo ello, dentro del modelo protestante, no cabe ninguna posibilidad de coartar otras libertades obligándoles a compartir unos valores que les son ajenos.

En la simbología del Apocalipsis, muchos intérpretes ven a los Estados Unidos surgidos del puritanismo emigrado en el Mayflower (muy escrupulosos con el respeto a la libertad de conciencia), como un inocente Cordero. Pero este animal acaba convirtiéndose, posteriormente, en un fiero Dragón, devorador de todos los derechos y libertades surgidos en la modernidad. Los evangélicos carismáticos que apoyan a Trump, andan obsesionados con destruir toda separación Iglesia-Estado. Y sólo un vuelco electoral podría retrasar o impedir sus degradantes propósitos.

Para más información: André Gagné, Ces évangeliques dérrière Trump. Hégémonie, démonologie, et fin du monde, Labor et fides, Genève, 2020.

Share: