Bajo una rocosa montaña en la lejana Ática, un herrero martilleaba incansablemente una pieza de hierro, hasta darle la forma que quiso. Alimentó el fuego activando el fuelle y saltaron chispas. Sorprendido, pero no lo suficiente como para parar, puso el material incandescente sobre el yunque y comenzó a golpear de nuevo.

Los golpes metálicos se sucedían sin descanso. La montaña vibraba a la par que el martillo dejaba caer su peso. Y así había sido siempre, desde donde alcanzaba la memoria del herrero. Aquel lugar era la cuna de toda buena herramienta, y arma. Sí, los altivos hombres se enorgullecían continuamente de la calidad de sus armas. Era tal su fama, que reyes y emperadores buscaban siempre alianzas con ellos para acceder a esos pertrechos.

Y bajo una de esas montañas legendarias, Áyax continuaba su incesante labor.

Tic Pam. Tic Pam. Tic Pam.

Cuando acabó, dejó caer el arma sobre un cubo de agua. El vapor resultante inundó la habitación. En medio de esa neblina, una silueta se recortó contra la entrada y, tosiendo aparatosamente, se adentró en el taller.

-Buenos días Áyax- dijo- tus golpes dan peor despertar que el de los gallos al amanecer. ¿Por qué empiezas tan pronto hoy, si se puede saber?

Áyax sonrió, orgulloso, como si estuviese esperando esa pregunta con deseo y hubiese ensayado meticulosamente la respuesta.

-Hoy, mi querido Craso, voy a forjar un arma legendaria. Mi intuición de herrero me dice que hoy es un gran día.

Y tras el intercambio de palabras, cada uno fue a lo suyo. Creso se sentó, observando sin perder detalle y Áyax buscó un molde.

Estuvo meditando unos minutos hasta que se hizo con uno. A continuación, sacó el hierro líquido de la forja y lo vació sobre el recipiente.

Continuó trabajando, bajo la atenta mirada de su aprendiz. Exultante, dejó la lengua más suelta que de costumbre.

-El arte del herrero es el más útil y poderoso de todos. Como ya sabes, mi querido Craso, creamos belleza en elementos imperecederos, que aunque pasen las generaciones seguirán allí. Por eso, cada golpe es tan importante, porque nuestros hijos nos conocerán por ellos.

Sacó la espada del molde, y comenzó a darle forma.

-Con cada golpe- comenzó- dejamos una huella. Tic Pam. Ponemos una parte de nosotros. Tic Pam. Y nuestras espadas, cuando vayan lejos en busca de sangre y causas justas, nos llevarán dentro. Tic Pam. Tic Pam. Tic Pam.

Al rato se dio por satisfecho. Le enseñó el resultado. El pomo, con las puntas redondeadas, llevaba un extraño signo en el centro. Parecía una alfa y una ípsilon formando  La hoja era larga y fuerte. Sin duda, era magnífica.

-No te parece increíble, ¿mi querido aprendiz?-concluyó Áyax con una espléndida sonrisa.

***

La isla de Karaikós vivía en relativa calma hasta que un buen día el gobernador decidió formar parte de la rebelión contra el imperio oriental. Naves negras atracaron en las playas de arena dorada. Soldados sin rostro, cubiertos de pieles pardas castigaron la osadía de aquella pequeña isla rebelde. Hombres, mujeres y niños cayeron bajo el filo de las armas.

En lo más recóndito de la isla, bajo un acantilado, la última familia superviviente había sido descubierta. Los soldados irrumpieron en la cueva.

-¿Está aquí la mujer de Áyax?

Se hizo el silencio. Una voz asintió desde el fondo de la estancia, junto a un fuego improvisado.

El soldado desenvainó su espada, que brilló con luz anaranjada. Al contemplarla, Egémone, la mujer de Áyax, sintió verdadero pánico.

La espada se alzaba imponente en el aire, lista para caer sobre ella. Observó, sin embargo, que en el mango había un curioso signo,  perfectamente tallado.

Y la preciosa hoja se hundió en su pecho.

Share: