Dibujo de Andreu Llorca

Son las seis y media. Es la hora del atardecer.

Miles de casas están despidiendo el sol con una sonrisa, disfrutando de la belleza que la naturaleza les ofrece.

Y aquí estoy yo, quieto, incapaz de ver la luz melancólica del sol al esconderse; construido en una posición impuesta, con la única opción de ver la vida a través de un reflejo…

Me digo a mí mismo que es una tontería, un pasatiempo, pero sé que es porque me mata la curiosidad. Mi mente genera excusas para ayudarme a vivir lo que tengo sin desear otras cosas. Quizá conformarme con mi realidad haga que sufra menos.

Pero no acabo de conseguirlo. Las veo cada día, tan felices por ser lo que son a pesar de ser feas casas pintadas de blanco. Al menos pueden reflejar luz.

Y yo, un obstinado piso de cinco plantas, parezco negar la evidencia de que necesito un cambio en mi vida.

Miro a mi alrededor y veo edificios en la misma situación que yo. A veces les pregunto si no echan de menos estar orientados para ver la puesta. Pero me contestan aburridos, ¡como si la cosa no fuera con ellos! Diciéndome que un edificio de cinco pisos no puede girarse por propia voluntad, que es imposible, que sólo puedes ver la puesta si naces así.

Veo pereza, incredulidad o simplemente indiferencia.

Y mientras, yo me sigo planteando preguntas. Siguen pasando los atardeceres, sin valor suficiente para creer que es posible.

Aunque el otro día ocurrió algo.

Escuché que mis compañeros hablaban de una demolición. Como siempre que hablaban de algo así, intenté pensar en otras cosas, distraerme con algo menos duro que mi realidad.

Entonces, buscando una distracción, descubrí una pequeña choza a mi lado.

La saludé, me saludó y hablamos. Conversamos sobre todas estas cosas que siempre había dudado, de nuestra condición irremediable.

Cuando el tema derivó a la puesta de sol, me dijo que nunca la había visto, pero que podía intentar ayudarme. No le di importancia, ya que supuse que lo decía para darme ánimos.

El tiempo pasó, y nos hicimos muy amigos. Aquella choza se convirtió en una parte imprescindible de mi vida. Hablábamos a todas horas: sobre nuestros barrios, sobre arquitectura y de cualquier cosa que se pudiese hablar. Los días junto a ella se me hacían segundos.

Pero en una de aquellas conversaciones, de repente me dio una terrible noticia: la iban a demoler.

Justo ahora que se había convertido en una pieza vital de mi construcción. ¿Por qué?  Ahora que alguien por fin me entendía. La vida junto a esa casa de madera tenía color, sabor, vida.

Busqué la ayuda de las máquinas que iban a demolerla, pero me contestaron con desaire que no podían hacer nada, que no podían controlarse ellas mismas. Otras me dijeron que tenían todo bajo control, pero ya había escuchado eso antes.

Las tardes a su lado, nuestras conversaciones tan edificantes, sería tiempo que no sabría reinvertir si ella no estuviese.

Finalmente llegó el día de su demolición. Mis esfuerzos por librarla de aquel cruel destino fueron inútiles.

No pude sino ver los restos de aquel fútil sacrificio. Ella ya no estaba.

Sumida en la tristeza, siguió pasando el tiempo y yo estaba cada día más deprimido. Un día de aquellos, unos hombres empezaron a merodear cerca de donde una vez estuvo construida. Se fueron y resgresaron al cabo de un tiempo para seguir dando vueltas.

Tal y como yo lo entiendo, un edificio tiene sus pilares (sin los que se derrumbaría), sus ventanas (sin las que se asfixiaría) y luego está esa parte que no tiene nombre de la que tanto nos cuesta desprendernos en una reforma, la fachada.

Aprovechando la demolición de mi compañera, los humanos decidieron crear una plaza con un parque.

Demolieron todo y decenas de personas y trastos ruidosos se pusieron manos a la obra. Les dejé hacer y al final apareció un bonito parque.

Pero faltaba algo. En el fondo, todos lo sabíamos.

Ese «algo» lo descubrí una tarde de otoño. En medio del parque, habían puesto una gran y preciosa fuente. Justo donde había vivido mi amiga.

No pude parar de mirar las aguas fluyendo, vertiéndose con gracia sobre el estanque.

Avanzó el día y finalmente llegó la puesta de sol. Fui a verla como todas las tardes hacía y descubrí el estanque lleno de agua, creando formas caprichosas y reflejando el cielo como un espejo, mientras que la luz reflejaba vívidamente los rayos de sol y toda la belleza del atardecer.

Empecé a entender el gran regalo que me había hecho. En ese momento me llegaron las palabras que la humilde choza dijo uno día. Una frase que yo llevaba grabada en mente:

«Reconocer que no eres perfecto es el camino a la perfección».

Yo me sentía mal, tanta belleza era la que me reflejaba y tan grande era mi deuda con ella que decidí regalarle algo, aunque fuera poco. Darle mi propia versión de la perfección.

Cambié mi fachada, la adorné con colores blancos, radiantes, que pudieran reflejar el gozo que sentía de ser amado y de ver tanta felicidad. Cambié mis puntas por curvas y mis salientes por ventanales. Cambié como nadie pensó que cambiaría por el simple hecho de que alguien me amó.

Y aunque nunca me lo dijo, estoy seguro de que en ese momento, fue feliz.

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