Foto por Manel López

El calor abrasaba la superficie y a todo aquel que osara erguirse sobre ella. Ningún hombre osaba apartarse de la fresca sombra de los pinos. Aunque no eran hombres los que, pertrechados y con sus armas en alto, pretendían escalar aquellas murallas inexpugnables. Eran héroes, guerreros destinados a lograr la mayor de las hazañas, almas dispuestas a dejar sus nombres grabados en la historia, a sangre y fuego.

Sin embargo, volvían otra vez esas murallas que escupían constantemente proyectiles contra las filas cartaginesas. En lo alto, sus habitantes luchaban por cada palmo de tierra, aprovechando la altura para dañar a sus enemigos. Muchos caían, pero no se avanzaba. Llevaban mucho tiempo, demasiado para una simple ciudad.

Aníbal lo observaba todo desde lo alto de una montaña cercana. Suspiró y reconoció la evidencia. Ese asedio no se ganaría en el campo de batalla. No esa vez.

Hizo un gesto a un general, que a su vez transmitió las ordenes a otro. Pronto se dio la voz.

-¡Retirada!

 

***

Letras, palabras, garabatos en un pergamino. ¿Podían cambiar la historia, o tan solo contarla? El escriba cartaginés reflexionaba sobre las palabras del joven íbero. Sin duda era atrevido. Y su petición era, a todas luces, un gran avance. Estaba claro que se sentían acorralados los habitantes de Sagunto, aunque todavía demasiado convencidos de que llegaría la ayuda romana. Sería esa su perdición.

El joven le había ofrecido extender el rumor de que iban a reunir toda la plata y todo el oro de Sagunto para fundirlo y así, que los cartagineses no pudiesen tomar un botín útil de su conquista. De esta forma, irritados hasta lo sumo después de meses y meses de asedio, los soldados cartagineses lucharían con una fuerza animal. Y una vez dicho esto, las puertas de la ciudad se les abrirían desde dentro. A cambio, tan solo tenía que escribir una carta a un emisario romano diciendo que la ciudad resistía con fiereza .

No entendía muy bien el objetivo de todo aquello, pero no parecía una mala oferta. Debería de proponérselo al general jefe, Aníbal Barca.  Aunque ese hombre le daba mala espina. No quería tener que hablar con él a menos que fuese imprescindible.

Una sombra se recortó contra la lona de la tienda. Robusta y siempre con armadura, la figura del general del ejército cartaginés emergió de la entrada.

***

Mientras que el campamento cartaginés dudaba, un túnel se extendía hasta las entrañas de la tierra. Habis supervisaba el trabajo y entablillaba las paredes. Mientras, el ruido continuaba.

Dink. Dink. Dink.

La excavación llevaba siendo su estrategia principal desde hacía algún tiempo. Su plan maestro era una obra de arte delicada. Si salía bien, la victoria sería rotunda; si por el contrario, había algún fallo, todos morirían. Al menos, poder dar esperanza a esas familias que vivían encerradas en la fortaleza le animaba un poco y aliviaba en parte el peso que cargaba.

Llevaba oteando el horizonte desde las alturas semanas, meses, y los romanos no acudían en su ayuda.

El plan era presionar a los romanos para que llegasen pronto sus refuerzos, pero no llegaban. Y lo peor es que ahora le tocaba a él cumplir su parte. Debía entregar la ciudad. Y aunque no lo hiciese, los cartaginenses luchaban cada vez con más fervor, sobrepasando muchas veces la muralla. Debía de hablar con Aníbal. Necesitaba más tiempo, dos semanas al menos. Pero, ¿qué le diría esta vez un íbero a un general ávido por dejar atrás sus cadáveres cuanto antes?

***

-No he podido hacerme con las llaves de la ciudad todavía. Dadme una semana más.

-Eso es imposible, íbero, nuestras tropas están deseando entrar en combate. Soy yo quien toma las órdenes aquí, ¿o es que acaso lo has olvidado, traidor a tu pueblo?- aquellas palabras de Aníbal formaron un nudo en la garganta de Habis. ¿Estaba siendo un traidor a su pueblo o su héroe? Pero no podía dudar en aquel momento así que reaccionó rápidamente.

-Os ruego que me escuchéis, antes de tomar alguna resolución.

-Hablad.

-Es dentro donde tenemos que actuar. Fuera de las murallas, cualquier intento de forzar un ataque resultará infructuoso, por más que cuenten con la presencia de su general- dijo Habis refiriéndose a la herida de flecha que había recibido al luchar cerca de Sagunto. Aníbal frunció el ceño pero siguió escuchando, curioso por ver a dónde llegaría aquel íbero.

-Es necesario que debilitemos la moral de los que permanecen dentro. Solo así podréis entrar.

-¿Y cómo pretendes hacer eso?

-Extended rumores y dejad que fructifiquen. Jugaré con sus sentimientos. Yo mismo me encargaré de difundir la imagen de un invicto Aníbal, de una débil Roma y de que conocéis el punto débil de nuestra muralla. En menos de una semana podréis lanzar el ataque definitivo sin resistencia.

-¿Cómo podré fiarme de ti, traidor?-dijo Aníbal despectivamente.

-Porque cuando cumpla mi misión vos me colmaréis de riquezas y honores- contestó el íbero con un brillo de codicia fingida en los ojos. Esperaba poder interpretar un papel de traidor avaricioso convincente.

Aníbal aprobó esa idea, divertido, y Habis volvió a respirar tranquilo.

Sin embargo, Aníbal meditaba para sus adentros. Desde el primer momento supo que  aquel joven le estaba tratando de engañar. Podría matarlo allí si quisiera, pero quería ver a dónde intentaba llegar y de qué forma planeaba salir adelante con esa estúpida idea. Sentía una enorme curiosidad. La esperanza de aquel íbero le intrigaba profundamente.

Abandonó la tienda donde se habían reunido y se dirigió con un paso firme y veloz hacia el otro extremo del campamento. Él también tenía un plan alternativo.

En cuanto estuvo enfrente, el general del ejército cartaginés sonrió con orgullo. Sí, allí estaba. La imponente estructura de madera permanecía oculta tras un montículo. Aníbal la contemplaba absorto en sus pensamientos, cuando una figura apareció a sus espaldas.

-¿Alguna novedad, general?

-¿Está lista ya?

-Lo estará en una semana.

Aníbal sonrió y dejó escapar una carcajada. Su plan continuaba. Ante él se encontraba la mayor arma de asedio jamás construida. Sagunto estaba acabado.

***

Una semana después, Habis seguía contemplando el mundo desde las murallas de su ciudad. No había extendido esos rumores, ni pensaba entregar la ciudad. Tan solo buscaba tiempo, un poco más. Pero no mucho, apenas debía de quedar un día para acabar los túneles. Y entonces serían libres.

El sol brillaba espléndido como siempre. El viento agitaba el mar espumoso, ¡cuántas ganas tenía de volver a lanzarse al agua y disfrutar de las playas de arena dorada! El campamento cartaginés seguía en su sitio. Nadie parecía sospechar el golpe maestro que estaban a punto de dar.

En ese momento, llegó uno de los obreros que dirigían la obra del túnel.

-Está acabado.

Habis sonrió. Cuando el ataque final cartaginés llegase, ellos ya estarían muy lejos de ahí. A salvo, gracias a unos túneles que atravesaban las entrañas del monte.

Los dos íberos estallaron en risas, felices y aliviados. Aunque aún quedaba trabajo por hacer.

Cerca de ellos, oculto, un espía asimilaba cada detalle de esa conversación. Sonrió. ¡Qué poco les durarían las sonrisas a aquellos saguntinos! Aníbal sabría pagar esa información.

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