Foto por Manel López

Una luna brillante emergía en la oscuridad de la noche, bañando de luz plateada la falda de la montaña. En el interior del castillo, ya nadie reía ni bailaba alrededor de la hoguera. En vez de eso, un silencio pesado flotaba en la atmósfera. La incertidumbre, el miedo, habían sabido abrirse hueco en sus corazones y se deslizaban hacia dentro, amenazando paralizarlos. Habis contemplaba el mar desde lo alto de la muralla. Miró hacia abajo y se inclinó, saboreando la sensación de vértigo. ¡Qué fácil sería morir cuando el resto permanecía a salvo y vivo y no cuando el fuego y la sangre inundaran la fortaleza! La luna le atrajo como un imán, borrando sus pensamientos. No podía dejar de mirarla, era casi hipnótica. Se perdió en aquellas formas tan lejanas, posiblemente muertas. ¿Qué suerte habría corrido ese planeta? ¿Por qué estaría desolado? ¿Acaso sería también por el egoísmo, el odio y la ambición de sus habitantes? Quizás la Tierra estuviese cerca de correr una suerte parecida. ¿Podría ser que los hombres se destruyesen, ansiosos de poder y riquezas, hasta que no quedase gente a quien gobernar ni riquezas que poseer?

Volvió de sus lejanos pensamientos y se descubrió contemplando el campamento enemigo, dispuesto no muy lejos de allí. No podían seguir ahí encerrados, esperando a la muerte. Tenían que actuar. Y si nadie lo hacía sería él.

En el momento en el que se descolgó de la muralla en dirección al campamento enemigo, Habis sabía que el destino de su pueblo cargaba sobre su espalda.

***

Una silueta se deslizaba por la falda de la montaña. A lo lejos quedaba el campamento cartaginés, iluminado por varias hogueras. Su corazón cargaba con el agotamiento de la guerra y la incertidumbre del superviviente. Cruzó el río y se encaminó al abrigo de la oscuridad, en busca de su objetivo. La vida de los suyos pesaba sobre él. Cada pisada y cada sonido podía ser el último. Oyó risas de fondo, los soldados celebraban una victoria inminente contra su pueblo. Habis, el íbero, no pudo evitar una mueca de desprecio. Se palpó el cinturón casi instintivamente, en busca de su puñal, y avanzó. De repente oyó un crujido a su espalda y se agachó corriendo. Cerró los ojos y maldijo su suerte. Si le descubrían estaba perdido, todo lo estaría. Temió alertar a alguien con el ruido que hacía su corazón al latir. Cerró los ojos y rezó a todos los dioses que conocía. Pero después de un silencio angustioso, las pisadas volvieron a reanudarse, esta vez en dirección opuesta. Habis se levantó y miró a escondidas hacia el origen del ruido.

Un hombre imponente, vestido con una armadura negra, se dirigía hacia el claro. Caminaba como caminan aquellos que no sienten el miedo, con decisión, sintiendo a cada paso como la naturaleza se doblegaba a sus pies. No parecía un soldado raso. Entonces, cayó en la cuenta. No, no lo era. Su respiración se volvió entrecortada de nuevo. Era Aníbal, el general que había conquistado Hispania entera, el hombre que había jurado odio eterno a Roma. ¿Quién sabía lo que estaría pasando por su cabeza?. Miraba la luna, seguramente hechizado por la diosa Tanit, pensando en un plan para atacar a su archienemigo o en cómo transportar cientos de elefantes y millares de soldados a través de la Galia evitando a los romanos y a las tribus hostiles. Sin embargo, todavía quedaba Sagunto. Esa maldita ciudad inexpugnable. Ya llevaban cinco meses de asedio y nada parecía avanzar. Aníbal estaba construyendo castillos en el aire, nada de eso serviría si no lograba hacerse con Sagunto. Entonces, Habis contempló cómo su faz se contraía. El gran Aníbal Barca, general de los cartaginenses y dueño de Hispania, tenía miedo.

***

Habis volvió en sí y dejó de observarle. Giró en redondo y se encaminó hacia las tiendas. Buscó y buscó hasta que halló lo que necesitaba. Sacó el puñal y rasgó la piel de una tienda. Era tal el jaleo que nadie lo oyó. Saltó dentro y observó con cautela. Un hombre de tez morena dormía plácidamente sobre su cama. Se acercó a él sigilosamente y le tapó la boca. El otro, abrió los ojos de golpe y miró a su alrededor, presa del pánico. Intentó gritar pero notó el frío acero del puñal sobre su garganta. Habis le mandó callar y retiró la hoja de su piel. El cartaginés no comprendía nada.

-¿Eres tú el cronista?-balbuceó Habis como pudo.

-Sí-respondió fríamente.

Habis repasó mentalmente aquellas palabras que lo consumían por dentro y las dejó caer, sintiendo un alivio inmediato.

-Necesito que cambies la historia.

Continuará…

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