Foto por Manel López

Cada poro de su piel desprendía terror. El miedo extremo de quien lleva una carga valiosísima y tiene un cuchillo en su garganta. Aquel secreto no podía morir con él. La hoja se hundió más y un hilillo de sangre resbaló por su piel morena.

Incapaz de pensar, el espía notaba como el miedo, la frustración y la rabia se apelmazaban en su interior, paralizándolo.  No podía apartar la mirada de los ojos de su agresor. Una mirada dura, de resentimiento profundo. Sin embargo, contempló esperanzado como en el fondo de aquel hombre había una chispa de compasión. Adarbal, el espía, decidió no salvar su vida con una mísera súplica, sino que le sostuvo la mirada. Desterró el miedo de su corazón y se aferró a esa pequeña esperanza, con tanta fuerza que el otro tuvo que apartar la mirada. Solo los Hombres guardaban en su interior la compasión en tiempos de guerra, dispuestos a echar mano de ella si era necesario. Y a la vez, era esa pequeña luz la que les hacía Hombres y no asesinos. La presión de la daga contra su garganta aflojó por momentos. Adarbal no creía que estuviese pasando de verdad. Llevaba en su interior un secreto que podía acabar con la vida de todo su pueblo, el pueblo íbero, contra el que luchaba él y los cartagineses. Dejarle escapar significaría sentenciarse. ¿Y todo por qué, por un sentimiento? Los intereses egoístas de los humanos, como la riqueza, los honores o el poder eran la fuerza dominante del hombre. Sin embargo, el que sujetaba la daga tenía un dilema diferente. Sabía que si le mataba, aquella compasión desaparecería para siempre. Dejaría de ser un Hombre.

La daga cayó ruidosamente al suelo. La tensión del ambiente se relajó. Cada letra dicha fue un bálsamo de alivio.

-Vete-gritó, y Adarbal salió corriendo.

En aquel momento el espía supo que aquel secreto moriría con él, porque de ahora en adelante tan solo lucharía por ser un Hombre y poseer aquella compasión en el fondo de su alma.

***

Aníbal preparó a sus hombres. Las trompetas sonaron y todos acudieron raudos a su llamada. Erguidos por fuera como hombres, pero desatados por dentro como bestias. A una orden aquella hueste arrasaría todo lo que estuviese a su paso. Sin embargo, faltaba algo más en aquel inmenso ejército. De repente, surgió desde el fondo un ensordecedor tumulto. Una nube de polvo les impidió ver de qué se trataba hasta que lo tuvieron delante. Se trataba de la mayor catapulta construida jamás vista, imponente y majestuosa.

El cielo se incendió como los corazones de los guerreros, las armaduras brillaban. Todo aguardaba, todos esperaban, mientras las cuerdas de la catapulta crujían al tensarse. ¿Y en el castillo? Allí reinaba una extraña calma, todos pensaban que se trataba de esa paz que existe cuando el miedo anega las palabras.

Se equivocaban.

***

Hombres y mujeres, niños y ancianos, recorrían los túneles con antorchas. Encima de ellos, la presión de su montaña, de su destino, de sus vidas y de la incertidumbre. Corrían, cargados, sin ver delante de ellos nada más que tierra y oscuridad.

***

Aníbal respiraba el ambiente, se avecinaba una gran batalla. Sin embargo, sentía que algo no iba bien. Para sorpresa de muchos, se retiró rápidamente y convocó una reunión urgente.

Allí estaban los generales de su ejército y el espía Adarbal. Aníbal se dirigió a él.

-¿Tienes noticias de tu incursión, espía?

-Lo lamento, mi general, pero en este tiempo no he podido descubrir gran cosa- mintió.

-Mientes- contestó Aníbal, frío.

Adarbal volvió a tener una hoja en su garganta. El general de los ejércitos no pasó por alto la cicatriz en su cuello.

-Vaya, vaya- se rio al acercarse- parece que nuestro espía ha cambiado de bando.

Adarbal intentó en vano explicarse, encontrar una excusa, pero la buena acción se disolvió entre su vida de mentira y engaño. ¿Ya era demasiado tarde para él? ¿No merecía también una nueva oportunidad?

Ajeno a todo eso, estaban los generales que le insultaban y le escupían mientras unos soldados se lo llevaban prisionero.

 ***

La catapulta lanzaba proyectiles gigantescos que se estrellaban contra las robustas murallas. Sin embargo, tras muchas reconstrucciones y un fuego intenso, un trozo se derrumbó. Poco a poco, los últimos íberos apostados en las murallas sucumbieron. Aparentemente defendían la ciudad, pero en su interior luchaban por dar un poco más de tiempo a sus familias para huir. Los soldados comenzaron entonces a saquear las casas, en busca de mujeres u oro pero no hallaron ni lo uno ni lo otro. Enfurecidos, desquiciados, buscaban algún botín, pero no encontraron nada.

A Aníbal le llegó la noticia de que habían huido. Éste maldijo su suerte y gritó como la erupción de un volcán, preso de la rabia. Encontraron la boca de un túnel, pero en ese momento ya era tarde para salir en su búsqueda.

Cuando la noticia llegó a Aníbal, este sonrió. El íbero había jugado bien la partida.

***

Lejos de ahí, decenas y decenas de los supervivientes de la guerra con Cartago brotaban de las profundidades hacia la superficie. La boca del túnel estaba localizada en la parte final del campamento cartaginés, justamente donde estaban encerrados los presos. Habis lideraba la comitiva. Paró la marcha un momento y se dirigió a las celdas, completamente vacías, salvo por un prisionero, que en posición fetal, lamentaba su suerte desesperadamemte. El íbero rompió la puerta con un golpe seco y puso en guardia a Adarbal, el espía. Abrió la puerta y se acercó a él. Con una sonrisa, puso una mano en su hombre y le invitó a formar parte de su pueblo errante. Adarbal, quien ya no sería espía nunca más, aceptó profundamente agradecido la mano que le tendía aquel extraño íbero, un Hombre al que la compasión y el amor habían mantenido vivo tras la guerra más cruel de la historia de Sagunto.

La ciudad quedaba ya atrás, perdida en el pasado. Delante quedaba la puerta a una nueva vida, quizás más feliz, quizás no, pero siempre con un reto por delante.

Lejos de la guerra y la cadena del odio, les esperaba una nueva oportunidad.

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