Mariano José de Larra fue uno de los hombres de letras más importantes del siglo XIX. Considerado como el máximo exponente del romanticismo en España, fue articulista, traductor y escritor, además de político. Murió de una balazo en la sien a los veintisiete años, algunos dicen que por amor, otros que por desesperación, dejando toda una sociedad en shock. De carácter taciturno y reservado, Mariano José adaptó el sentir romántico a su profesión de periodista. Pese a su naturaleza introvertida, pronto su pluma e ingenio le convirtieron en un icono social controvertido; amado y odiado a partes iguales.

Larra se encontró con el gran público a través del periodismo de opinión (muy escaso en aquella época), creando una voz propia cargada de sarcasmo, ironía y un magnetismo fascinante. Sin embargo, no solo se limitó a lo político, sino que realizó funciones de lo que hoy en día denominamos periodismo cultural, un ámbito que se encuentra en crisis actualmente.

La irrupción de lo digital en la vida cultural y política ha colocado al periodismo en una situación crítica. Los medios de comunicación se han visto abocados a una crisis de identidad; en cuanto a la delimitación de lo que es y no es periodismo y a una crisis de valores; en cuanto a su relación de dependencia con la publicidad y sus consecuencias (clickbaits, fake news). En medio de esta lucha por la supervivencia y la pérdida de confianza del ciudadano, mirar al pasado en busca de respuestas puede ser una forma interesante de dialogar con los problemas que surgen en la actualidad.

Tal y como ilustra Jorge Carrión en su artículo para el New York Times «Ideas para renovar el periodismo cultural»:

“La profesión está en crisis: las publicaciones y los medios siguen entendiendo por producción narrativa y artística lo que se calificaba como tal durante el siglo pasado. Es necesario que reconsideremos qué entendemos por cultura” 

Volviendo de nuevo al siglo XIX, vemos a Larra rodeado por definiciones tradicionales de lo que era la cultura (la mayoría de ellas valoraciones maniqueas basadas en juicios morales de carácter religioso). Sin embargo, su éxito se debió en gran parte a la capacidad que tuvo de recoger esas definiciones y reelaborarlas, integrando elementos que quedaban fuera de las definiciones canónicas.

En Lo viral (Galaxia Gutenberg, 2020),  vemos una descripción de la evolución cultural ligada a lo digital:

“Si los genes son biología y se reproducen a través de la sexualidad, los memes son cultura y se propagan mediante la imitación, la copia.”

¿Y qué es una propagación cultural a través de la imitación sino una costumbre? Larra, en sus artículos de costumbres, captó la esencia de lo que posteriormente sería catalogado como meme. Retrató la sociedad española con su pluma, convirtiendo a sus coetáneos en personajes grotescos, imágenes satíricas de un cuadro esperpéntico. El periodista continúa su descripción de los memes siguiendo la estela de este razonamiento: “son las macroestructuras que nos amparan y a las que nos agarramos, para no sentir el vértigo del vacío, del sinsentido.” ¿No son acaso las costumbres, los ritos personales y rutinarios los que dotan de un orden a la vida, de un sentido? ¿Las costumbres, como los memes, no son acaso también elementos de cultura? 

En este diálogo sobre qué es y qué no es, sobre si existe una “alta” o “baja” cultura, nos encontramos con que uno de los referentes del periodismo español ya resolvió hace casi doscientos años esta cuestión. Periodismo de costumbre es periodismo de meme, de cultura espontánea e incalificable (“los memes no son buenos ni malos, bellos ni feos, inteligentes ni tontos”), una labor interdisciplinar que no solo se remite a la crítica literaria o a la divulgación cultural, sino que empapa cada una de las facetas del hombre y las costumbres (memes) que surgen de forma natural con el discurrir de las épocas.

En un siglo parcelado en el saber y hierático, Mariano José de Larra abordó el periodismo desde una perspectiva multidisciplinar, integrando sátira, crítica y literatura. Llevó el periodismo cultural a un nuevo estadio gracias a la puesta en práctica de una redacción transversal que abordó cada una de las facetas del hombre y sus costumbres.

Si bien aquellos que no conocen la historia están condenados repetirla, nosotros que la conocemos, aprovechemos para extraer valiosas lecciones con las que reinventar nuestra realidad.

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