Karl daba pequeños golpecitos sobre su plato de sopa, distraído. Otra vez aquel maldito mejunje alemán. ¿Cuántas veces le había dicho a su madre que lo odiaba? No soportaba ni olerlo, le provocaba náuseas. Sin embargo, tenía que eludir su mirada inquisitiva como fuese.

En cuanto tuvo una oportunidad, se bajó del taburete y cruzó el pasillo de su larga mansión hasta llegar al comedor. Estaba acostumbrado a aquellas paredes revestidas de lujosos muebles y filigranas doradas, ya ni les prestaba especial atención. En ese momento solo deseaba huir. Abrir la ventana, saltar y volar muy lejos de ahí. Estaba seguro de que con tal de no comer aquella cosa, podría ayunar eternamente y de que nadie en su sano juicio, por mucho hambre que tuviera, se comería aquel Eintopf.

Tan solo pudo quedarse en la ventana pensando en formas de huir, antes de que su madre le descubriese. En ese mismo instante le pareció ver unas sombras deslizarse por su jardín.

***

-Ahora, ¡corred!- susurró Alger al resto del grupo.

Sigilosos y veloces, cinco sombras cruzaron el jardín de la Mansión Schwartz. La luna aportaba al bosque un color blanquecino fantasmal. Salieron del jardín y se adentraron en la espesa arboleda.

Cruzando el bosque, cinco almas curiosas esquivaron la maleza hasta llegar por fin a su destino. Alger, que dirigía el grupo, se situó al frente de sus compañeros, y juntos comenzaron a absorber con la mirada todo lo que tenían ante ellos. Un campamento vallado de dimensiones gigantescas, iluminado por innumerables antorchas. Cerca de allí, un hombre apoyaba todo el peso de su alma contra una verja. Derrotado, se fue escurriendo hasta caer de rodillas, con la mirada vacía del caminante sin rumbo. Un dolor que pocos podían comprender atenazaba su ser. A su lado, cientos de personas se agolpaban, buscando con desesperación un lugar donde poder resguardarse del frío. Alger trataba de encontrar algo más en aquel campamento infernal cuando de repente sintió que alguien le observaba.

***

Halin ni siquiera se inmutó cuando creyó haber visto un grupo de personas en el bosque. Su padre estaba cerca de la valla, de rodillas. No reaccionó, así que supuso que no se habría dado cuenta. Se acercó en silencio hacia él y lo rodeó con su bracitos. Era todo cuanto podía ofrecerle. Halin sintió como su padre se convulsionaba. Esperaba que fuese de risa y no de llanto. Pero antes de poder hilar otro pensamiento, su padre lo estrechó contra su pecho con fuerza.

Había tantas cosas en el aire, tantos sentimientos rotos, tantas ilusiones y tanto amor, que no se que el pequeño no se atrevía a moverse por miedo a romper la atmósfera.

Fue su padre quien le susurró con una amarga ironía:

-Sonríe Halin, estamos en casa.

El niño no captó las palabras en su sentido original, sino que su inocencia le llevó a tomarlas literalmente.

-¿Este es el final, después de todo lo que hemos pasado?

Su padre se reprochó en seguida su negativismo y asumió una actitud esperanzadora.

-No, Halin, este es el principio. Dentro de poco saldremos de estas vallas y comenzaremos una nueva vida.

-¿Realmente lo crees, papá?

-Así es, hijo, no tengo ninguna duda.

-¿Y… a qué esperamos?

***

Los números bailaban a una velocidad endiablada por la mente de Hauptmann. Daba igual el dígito, lo único que necesitaba es que las cifras aumentasen. Más, más, más, ¡MÁS!- se repetía con una mezcla de orgullo y responsabilidad asfixiante.

Hauptmann no se consideraba una mala persona, de hecho, todo lo hacía de acuerdo a su máxima prioridad, proteger el honor y la riqueza de su familia. El resto era prescindible. El sonido del teléfono le hizo perder el hilo de sus cálculos. Gritó una maldición a la vez que propiciaba un golpe a la mesa. Después descolgó el auricular.

-Espero que tenga una buena ra…

-Hola, Friedrich-dijo una voz grave al otro lado de la llamada. Hauptmann la reconoció al instante y se arrepintió de sus palabras. El hombre continuó- lamento haberle importunado con mi llamada. Desearía formularle una petición.

-Te… te escucho.

-Quiero que liberes a los internos de tu campamento de refugiados.

Hauptmann se atragantó con su propia saliva.

-¿C…cómo?

-Es el momento perfecto para que la entrada masiva de inmigrantes colapse la sociedad y crezca el enfrentamiento racial.

-¿Pero… por qué ahora?- Hauptmann estaba totalmente confuso- ¿Y por qué yo?

-A veces la vida nos regala oportunidades únicas, Friedrich- dijo aquella voz fría y oscura- ahora que los demócratas están cayendo en las encuestas, una revuelta xenófoba devolverá al Partido a su lugar.

***

Lejos de ahí, Nathan resoplaba mientras ojeaba por internet las noticias. Llevaba tiempo intentando encontrar algo que poder hacer para no permanecer neutral ante el tema de la inmigración. Tenía la sensación de que podía hacer algo por ellos. Quería escribir algo para sensibilizar a la gente. ¡Qué difícil! ¡Tantos argumentos a favor, tantos en contra! Mientras, el tiempo pasaba. La gente seguía muriendo, las mujeres seguían llorando a sus maridos, los hombres clamando por sus hijos y los hijos sin lágrimas que echar. Tranquilidad. ¿Podía él acabar con los problemas del mundo? Quizás no, pero removería cielo y tierra con sus palabras tan solo por ver sonreír a uno de ellos.

Inspirado, tecleó con soltura. Cargó toda su pasión sobre aquellas palabras. Daba igual quien le estuviese leyendo, en qué idioma, país o circunstancia. Todos estaban metidos en esto.

Al acabar, revisó con cuidado su artículo y sonrió al sentir el efecto de sus últimas palabras:

<<Y tú, ¿qué harás?>>

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