Existe una generación acostumbrada a vivir en el abismo. Su hábitat es un mercado laboral precario y sus hogares están construidos sobre la continua incertidumbre. Tratan de salir adelante sin mirar abajo, haciendo equilibrio para llegar a fin de mes. Son los hijos de la crisis. 

Aquellos púgiles que sobrevivieron a los golpes de 2008 se enfrentan ahora en un nuevo round a un combatiente inesperado: el Covid 19.  Como Caronte en el Hades, tratan de conducir su barca entre las aguas turbulentas de dos crisis económicas. Casi nada.

Comercios cerrados, ERTEs, confinamiento, pandemia y mascarilla han pasado a formar parte del imaginario colectivo. Pese a la gravedad de la situación, hay quien busca hacer leña del árbol caído. Las crisis son siempre una oportunidad, para bien o para mal y algunos lo aprovechan para jugar con las exiguas esperanzas de aquellos que tuvieron que aprender a desilusionarse. Gurús económicos, apuestas deportivas, ludopatía y “emprendedores digitales” son algunos de los que han intentado hacer negocio de la desgracia. Muchísimos se lanzan a sus redes, atraídos por la fantasía del dinero fácil, pero ¿es la primera vez que pasa?

Para encontrar una respuesta hay que remontarse al pasado.

En 2003, quien vivía en un zulo podía permitirse una mansión. Las hipotecas se regalaban y el ladrillo valía oro. Los jóvenes dejaban la universidad para meterse a trabajar en la obra, atraídos por el dinero fácil. Era el spanish dream. Soñar a lo grande nunca había sido más fácil.

Doce años después solo quedan bancarrotas, desahucios, deudas millonarias y recortes. La incapacidad del estado del bienestar para garantizar la salud y la estabilidad económica ha llevado a la población a un descontento ya conocido, pero en un mundo digital inexplorado. Instagram y Facebook han sido los padrinos de un remake del sueño americano. Las consecuencias de la crisis y la globalización han llevado al surgimiento de figuras como Trump, Bolsonaro y Boris Johnson. Si bien se ha hecho énfasis en su discurso nacionalista, no ha de pasarse por alto los matices que acompañan este “Make mi bolsillo Great Again”; el grito anhelante de volver a esa época en la que pensábamos que éramos ricos.

El spanish dream y su dinero fácil permanecen en el imaginario colectivo como un relato mitológico. Rodeados de cantos de sirenas y estafas, cuesta creer que algo tan bonito sea cierto cuando salir adelante se ha convertido en algo demasiado duro para ser soportable.

La crisis ha sido la batuta que ha marcado el ritmo de vida en el plano económico, pero también en el mundo cultural. Desde las entrañas de la calle han surgido géneros como el Trap, la música urbana y el nuevo flamenco (Rosalía). Estas composiciones tan temáticamente marginales (hablan sobre drogas, dinero y delincuencia) se han convertido en la expresión artística de los hijos de la crisis. La popularidad de este género responde al deseo de superación de la incertidumbre. La melodía rota y las letras duras buscan construir un personaje egocéntrico cuyo dinero no esté sometido a las circunstancias. Kidd Keo es un ejemplo de ello: “Somos gente que no hemos tenido nunca ni un duro y que nos hemos buscado la vida. Si con la música estamos ganando dinero, queremos más”

Aprovechando el deseo de estabilidad de muchos jóvenes,  surgen estafas acompañadas de mensajes como: “sé tu propio jefe”. Hay quienes encuentran en el mundo digital una nueva forma de hacer dinero fácil. Criptomonedas, inversiones y otros avatares se plantean como la panacea para una generación necesitada de recursos. Sin embargo, debajo de esa piel de cordero asoman los colmillos de una realidad diferente. 

El filósofo coreano Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, aporta una serie de claves para entender el tema. Según él, ser tu propio jefe puede no ser una ventaja, sino un nuevo tipo de presión incluso más dolorosa: “El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado.”

Por otro lado, la autoexplotación ha llevado al llamado infarto del alma. Según Alain Ehrenberg, cuando este ocurre, aparecen enfermedades como la depresión, la ansiedad o el cansancio crónico. 

Aunque se deje de lado esto, el panorama sigue siendo desolador. Con el ecosistema destruido, quienes pueden, emigran en busca de tierras fértiles. Empeñan sus joyas y venden sus recuerdos para ser viajeros eternos, considerados extraños aquí y allí.

A pesar de todo, el camino continúa. Navegando entre crisis y esquivando promesas vacías, la generación de cristal avanza con paso de hierro hacia su tierra prometida.

A través de música suburbana se expresa el grito de revolución frustrado de los hijos de la crisis. El deseo de independencia de un país que aún vive en casa de sus padres. El anhelo de libertad de una generación con insomnio.

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