Se disimula, se ignora, se niega, pero al fin y al cabo todo gira en torno a él. El miedo se introduce de forma silenciosa en nuestros pensamientos, nos hace sentir vulnerables, amenaza nuestro mundo y nos envenena. Algunos lo tapan, otros lo convierten en pánico, pero casi nadie se esfuerza en comprenderlo.

Desde enero del 2020, el coronavirus se ha convertido en la mayor preocupación mundial. Más de cien mil contagios y cinco mil muertes, estados de cuarentena por todo el mundo y según Ángela Merkel “el mayor reto para occidente desde la segunda guerra mundial”. Es normal que el miedo esté presente en todos lados, en forma de pánico, de negación o de indiferencia. 

La iglesia es muy proclive a convertir hechos terroríficos en señales esperanzadoras del fin del mundo, otro mecanismo para gestionar emocionalmente la inseguridad que nos corroe a todos. Pero, ¿qué pasa cuando el miedo se mezcla con las creencias y la fe?

La religión es un medio para tratar de comprender aquello que se escapa a nosotros y nos asusta; la vida, la muerte, el propósito y el destino. Sin embargo, la historia está llena de ejemplos en los que las creencias han sido usadas como medio de control social, como justificación de crímenes abominables y como medio de explotación económica. ¿Cómo podemos estar seguros de no caer en esto?

Jean Delumeau, en su libro El miedo en occidente, analiza el impacto de la peste negra en la población medieval. Las autoridades religiosas buscaron culpables a la terrible pandemia que acabó con más de un tercio de la población. Frente a la impotencia de la medicina, la religión y la humanidad en general, la atención de la gente se dirigió hacia las causas o los culpables. Según ellos, la Peste Negra era un castigo divino a una humanidad pecadora e infiel y una señal del fin de los tiempos. Esta epidemia se mantuvo desde la Edad Media hasta la Edad Moderna. En esta, los culpables eran los protestantes, con lo que se justificaron matanzas como La Noche de San Bartolomé (en las que masacraron a miles de protestantes hugonotes) y demás atrocidades.

De vuelta al presente, nos encontramos con una iglesia donde el miedo y las desgracias tienen un tratamiento casi morboso. Un cinismo escatológico recubre nuestro propio miedo ante las desgracias propias y ajenas. Desvirtuamos nuestra propia fe con actitudes justificables por nuestro profundo anhelo de una segunda venida, pero inmorales desde el punto de vista ético.

Nos podríamos plantear, conociendo ya la historia, qué actitud deberíamos mantener frente a una desgracia colectiva como una epidemia.

En 1ª de Juan 4, Jesús habla acerca del “espíritu de verdad y el espíritu del error” y nos da un versículo clave en nuestros días: “amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.”

La pregunta es, ¿cómo saber si algo es verdad o mentira, o los motivos que hay detrás? La respuesta la da en el versículo siguiente: “amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.” Pero no es hasta unos versículos después cuando da la gran clave: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.”

Jesús quiere plantearnos una actitud frente al miedo basada en el amor, no en el temor, sino en la confianza. Nos dice que no es necesario tener miedo. Nos propone que lo verdaderamente importante no está en lo material, sino en lo espiritual y que en ese terreno, si confiamos en él, no hay que tener miedo. 

Frente a una realidad donde lo material es lo único válido, donde las personas son números y su valor depende de lo que producen, Dios nos plantea ir más allá y descubrir esa realidad donde nuestro valor y seguridad están siempre a salvo.

Una vez sabemos esto, se hace evidente que usar el miedo como arma para hacer proselitismo, subyugar a las personas o simplemente sembrar el pánico no es solo inmoral sino profundamente irresponsable. Si no hay ninguna razón para tener miedo, la actitud frente a una pandemia solo puede ser la de la solidaridad, el apoyo mutuo y la comunidad. Frente a la muerte, esperanza; frente al dolor; ayuda, frente a la necesidad; apoyo.

Las crisis nos muestran de qué estamos hechos. No es momento ni de alarmar ni de ser indiferente, sino de transmitir lo que llevamos dentro.

Share: