Seguramente hayas oído hablar de la nocividad de este fenómeno lúdico que parece estar en todos sitios:

Los videojuegos.

Aquella anécdota de los ochenta, cuando los jóvenes se escabullían con un par de pesetas en dirección a un recreativo, queda ya solo en el corazón de algunos pioneros.
Hoy, en cambio, aquellas Atari, sus consiguientes Game Boy y las actuales Xboy y Play Station forman parte del corpus de nuestra sociedad.
Cuando un fenómeno atrae la atención hasta el punto de ser considerado un deporte (e-sports), las personas suelen posicionarse a favor o en contra. Los primeros que se ven lanzados a ese campo de batalla son los padres, aquellos que se sienten responsables de la educación de unos hijos que se dedican a estar delante de la pantalla, toquiteando botones sin sentido aparente mientras babean de felicidad.
Aun así, la decisión de si condenar o no esa tecnología se hace desde la más absoluta ignorancia. Se desprecia los videojuegos sin ni siquiera haber cogido un mando, sin haber visto más que un hombre y una pistola hacerluces y ruido.
Con ese extraño criterio de «si tanto le gusta, tiene que venir del demonio», nos ponemos a nosotros mismos en una posición un tanto comprometida. ¿Acaso algo nos gusta porque es un producto del infierno? Porque eso nos dejaría en muy mal lugar. ¿No sería más lógico admitir que los videojuegos también pueden contener cosas positivas?

Elementos como belleza estética, historias profundas, capacidad de inmersión, historias de amor, de superación, entretenimiento liberador… ¡Más! Agilidad mental, anticipación de actos, profundidad de pensamiento, motivación, capacidad de concentración… Y así podríamos seguir, porque sin duda si algo tiene en vilo a tanta gente, NO es por lo malo que es, sino por lo BUENO que tiene.
Todas las bendiciones que Dios ha repartido en este mundo, lamentablemente se han visto manchadas o degeneradas en alguna medida. Por eso, como buscadores de la verdad, deberíamos tener como lema las palabras de Pablo: «examinadlo todo, retened lo bueno» (1ª Tesalonicenses 5:21) Porque si no, estaremos perdiendo de vista muchas bendiciones y, que casi me parece peor, condenando a quienes se atreven a buscarlas.
Creo que es hora de que se hable por fin de los videojuegos sin miedo a cometer un crímen. Que se pueda hablar de ellos como un arte en sí, como la herramienta que son. Aquellos que no creen que un videojuego puede contar una historia igual o mejor que una novela, una película o una serie, es porque no han jugado a ningún «Uncharted», «Assassin’s Creed», «Bioshock», etc.
A mí los videojuegos me han enseñado a pensar, a organizar una economía, a mantener unos recursos, a saber aprovecharlos. He aprendido a tener iniciativa emprendedora, a lanzarme a por aquello que quería, a aceptar las derrotas y a trabajar la gestión de las victorias.
Algunos videojuegos me han inspirado tanto que hasta me han llevado a escribir, me han dado ideas para libros, me han hecho soñar y me han dado alegrías de todo tipo.
Esto no significa que haya que venerarlos, ni que los niños puedan tener acceso ilimitado. No es sino una llamada sincera, de corazón, para tratar de ver con otros ojos esta herramienta tan potente. Porque en el momento en el que la desmitifiquemos y podamos tratarla como se merece, podremos entenderla. Y una vez hecho eso, en nuestras manos estará la herramienta actual más potente para llegar a la gente de todo el mundo. Para imprimir un mensaje.
Quizá dejar libros en bancos ya no surja tanto efecto. Quizá ahora la gente no entienda nuestro idioma.
Muchas personas se hacen la pregunta de cómo llegar a toda esa multitud que parece no escucharnos.
Aquí tenéis la respuesta.
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