«El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio. A lo mejor deberíamos creer en eso aunque no alcancemos a entenderlo aún»

-Interestellar

Dicen los antiguos que el cielo cuenta historias que la mayoría de los mortales nunca llegarán a entender. No sé si alguna vez has tenido el privilegio de poder contemplar la inmensidad del cielo estrellado en total oscuridad, pero recuerdo hace no muchos años, después de una larga caminata de campamento, cuando acampamos al aire libre. Todavía evoco aquel momento en el que alcé la mirada y contemplé los infinitos puntos blancos que se extendían por el cielo. ¡Uau! Ni abriendo los ojos al máximo podía capturarlos todos.

Por un instante, me perdí en las formas de las estrellas y de golpe, sin querer, me sentí terriblemente pequeño. Parecía que yo era uno de esos puntitos comparado con el universo que se extendía ante mí.

Toda aquella satisfacción por haber logrado superar una terrible caminata bajo un sol abrasador se esfumó. Y ahí me quedé yo, empequeñecido, contemplando extasiado el bello y poderoso universo.

Personas como San Agustín, Scheielmacher, o Kant vivieron y escribieron sobre esa sensación. De hecho, este último hasta puso en su epitafio: «Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”

Esa profunda sensación me hizo pensar que quizás aquello era lo más parecido a ver a Dios. Porque, ¿podía acaso yo, un simple mortal, aspirar a conocer físicamente al creador del universo? Supongo, porque ya lo intentó Moisés, que no es una iniciativa ilegítima, pero recordando ese episodio me vienen ciertas ideas a la mente.

Cuando Dios le dice a Moisés que no es posible verle, sino que tendrá que servirse de figuras representativas como el árbol ardiendo, realmente le está protegiendo.

El hombre conoce porque interpreta con su mente la realidad. Tal y como señaló Kant, el ser humano capta con sus sentidos las cosas y luego las sitúa en un espacio y en un tiempo. ¿Podemos entonces, percibir algo o a alguien que esté fuera de ellos?

Sería imposible. Sin duda. La Biblia misma indica que el creador no está sujeto a esas leyes.

Entonces, si no lo podemos ver, ¿cómo sabemos que existe?

El ser humano ha tratado desde siempre de racionalizar todo buscando poder tocar y ver. Sin embargo, otros como el autor de El Principito, han llegado a la conclusión de que «lo esencial es invisible a los ojos».

De esa forma, ¿quién no ha sentido nunca un sentimiento de inmensidad ante algo tan simple como un abrazo, un beso o una caricia? ¿quién no se ha sentido pequeño ante la complejidad de una hoja o de un animal?

El amor es un principio tan fuerte y tan poderoso que nada parece igualarle. Renueva, sana, revive, alegra, construye, bendice, conecta, acompaña, ilusiona y restaura.

Cuando imagino a Dios, pienso en un anciano que nunca ha visto el mar. Veo a personas tratando de explicárselo, poniendo ejemplos y ejemplos hasta buscar comparaciones con cosas que sí que pueda conocer. Un lago inmenso, puedo escuchar, o una masa de agua que se pierde en el horizonte, podrían haberle dicho. Sin embargo, por muchos intentos que se hagan, aquel hombre nunca podrá llegar a conocer la paz de las olas, el viento fresco del océano o la suavidad de la arena.

Imagino a Dios tratando de expresarnos cosas que no entendemos con las pobres imágenes que tenemos aquí en la tierra.

Y creo que cuando Dios trató de establecer un puente entre el mundo y el cielo escogió la herramienta perfecta, la única capaz de trascender al espacio y al tiempo. El amor.

Papá, papá, dice un niño, ¿quién es Dios?

El padre, mudo de repente, trata de explicarle a un niño aquella cuestión de forma simple.

Y decide condensar en pocas palabras todo lo que sabía sobre Él … Pero descubre maravillado que eso ya existía, que aquella condensación se había hecho real mucho tiempo antes.

Papá, repite el niño, ¿quién es Dios?

Entonces, se encuentra con aquellos ojos inocentes, curiosos y brillantes. Buscan una respuesta.

No puede evitar emocionarse al ver una parte de él en su hijito.

El padre, sonriendo, le revuelve el pelo y pasa un brazo por su hombro, haciéndole sentir protegido.

-Un hombre como tú y como yo, un Dios y un padre, tan real como Jesús y tan misterioso como el amor.

Share: