En la calle de la Rosa, una puerta se abrió con un lento quejido. La luz curiosa que entraba por la puerta reveló casi con decepción el interior vacío de la estancia.

El joven titubeó antes de dar el primer paso, que cayó como un ancla sobre las dura superfície. Todo a su alrededor parecía congelado en el olvido, como una foto en blanco y negro.  Siguió dando pasos, buscando algo o alguien, pero todo parecía estar bajo un manto fúnebre de polvo. Miró a su izquierda. Una escalera ascendía tímidamente, con escalones torcidos y desgastados.

El joven dirigió sus pasos hacia allí, siempre vigilando, conocía los peligros que podía esconder una casa olvidada por el mundo. Al llegar a la segunda planta, atravesó una habitación, giró en el pasillo a la derecha y al fin encontró lo que buscaba. Sobre la escamada pared empapelada, una figura con cuernos se distinguía con claridad. Miró a su alrededor, recordando las instrucciones que había memorizado religiosamente. Dos pasos, giro a la izquierda, mirada al frente… Y allí estaba.

Avanzó lentamente hacia él, conteniendo la respiración como lo hace un buzo ante un tesoro. Alargó su mano y envolvió con ella el rugoso pomo, cada vez sintiéndose más contento de haber tenido el valor de entrar en aquella casa. Fue a tirar del pomo cuando, de repente, algo pareció despertar dentro del armario.

Un rugido estremecedor invadió todo el edificio, como un bostezo animal tras una hibernación de décadas. La casa pareció que volvía a la vida y de la chimenea comenzó a salir un humo negro y espeso. Una figura en sombras salió del armario y se irguió amenazadora ante el desdichado joven. Este cerró los ojos, deseando no haber entrado nunca en aquella casa, a lo que se le añadió un terror silencioso cuando sintió un frío metal sobre su sien. El joven apretó los dientes, esperando el disparo, pero como este no llegaba acabó abriendo los ojos. Asombrado, encontró ante él un anciano encorvado que le apuntaba con un bastón de hierro.

-¿Qué quieres, chaval?

El joven se mostró sorprendido, incapaz de articular una sola palabra. El anciano suspiró.

-¿Qué haces en mi casa?- le espetó con voz grotesca.

Al final, el joven reaccionó.

-He venido buscando un libro.

Pareció meditar durante un segundo. Al final bajó el bastón, cansado, y sin mirarle le dijo:

-Sígueme.

Continuando entre aquella red de habitaciones y pasillos, el intruso autorizado reparó en el anciano al que seguía. Caminaba al ritmo del reloj de cuco que rompía el sepulcral silencio de aquella planta. Encorvado, tenía los andares de aquel que camina por inercia, de quien sabe que todo lo interesante que podía pasar en su vida ya había pasado.

Tras aquel silencioso paseo, el hombre en sombras paró delante de una de las numerosas estanterías que poblaban la casa y se quedó en silencio mientras veía una foto en blanco y negro enmarcada. La mirada del anciano pareció atravesar años, mundos y lugares, como si estuviese desenterrando una vida pasada de la que creyó haber escapado. Secó una lágrima de su arrugado rostro y con un ágil movimiento que sorprendió a su acompañante, sacó un libro de detrás de la estantería.

Lo sostuvo entre sus manos como el padre primerizo trata de sostener a su hijo, y tras una intensa mirada, se lo ofreció al joven.

-Ahora léalo -dijo con la voz tomada por la emoción- y devuelve la magia a este mundo de tinieblas.

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