“¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”, dijo Cicerón en uno de los discursos más célebres de la historia. En aquella magistral disertación, el célebre orador desenmascaró la trama de corrupción y sobornos que estaba llevando a cabo su enemigo, Catilina. Pasamos del 63 a.c. al 2020 y la historia se vuelve a repetir, solo que en vez del Senado de Roma, es la Assemblea de Compromissaris donde un grupo de socios dirige el futuro de uno de los clubes más relevantes del fútbol: el F.C. Barcelona.

Protegido en el palco de los resultados, Bartomeu aguanta la tormenta desatada hace una semana por La Ser, quien desveló que el Barça había contratado una empresa para crear estados de opinión en la red. Sin embargo, lejos de quedarse ahí, se descubrió que se había invertido también en erosionar la imagen algunos jugadores del propio club, o en atacar a leyendas como Xavi, Puyol o Guardiola. 

Es curioso que el inicio de estas actividades “cuestionables” coincidan en el tiempo con el inicio de la decadencia en el Barça. En el verano de 2017, tras la súbita marcha de Neymar, todo el proyecto deportivo se tambaleó. Con la llegada de un nuevo entrenador y dos fichajes en los que se había invertido la friolera suma de trescientos millones, empezaba un nuevo ciclo que ha acabado representando la lenta destrucción deportiva e institucional del club.


La pérdida de identidad en el juego, sumado al envejecimiento de la plantilla y los fracasos estrepitosos en Champions, eran difícilmente sostenidos por la figura sobrehumana de un Messi en cuyos hombros ha caído la irresponsabilidad y la nula organización de la directiva.


Idas y venidas de directores deportivos, fichajes rocambolescos como el de Boateng o Murillo y el lento acomodamiento de la plantilla eran señales evidentes. Mientras que la mayoría tocaba el violín sin saber que el barco se hundía, sólo aquellos con mirada crítica fueron capaces de pronosticar lo que hoy está pasando. Sin embargo, ni el más conspiranoico podía haber llegado a imaginar la profundidad y bajeza moral que se ocultaban detrás de la despistada sonrisa del presidente.


El Barça, a la par que se hundía más y más en decisiones desastrosas, extendía sus tentáculos en redes sociales, creando cuentas falsas para atacar a periodistas, tuiteros y defender a ultranza una gestión absolutamente nefasta. Mediante la extorsión, difamación y el juego sucio contra sus adversarios políticos, la directiva entró en una espiral tiránica digna de un jeque árabe. 


En esta bola gigante de enredos que es el mundo culé, Messi es el Atlas que lo sostiene a duras penas. Pero si cuando ya no esté, se abren horizontes poco favorables, incluida la pérdida de la propiedad. En un mundo donde el fútbol moderno es dirigido de forma dictatorial por multimillonarios o jeques, los clubes democráticos son el último reducto de libertad. Y si no hacemos uso de ella para evitar que esta misma desaparezca (bancarrota y venta a un inversor), luego ya será demasiado tarde. Quizá no existe ningún Cicerón hoy en día, pero sí que existen miles de voces que si se alzan pueden hacer temblar los cimientos del palco. Y quizá sea eso a lo que tiene tanto miedo Bartomeu y por lo que se gastó miles de euros, el temor a que usemos nuestra libertad para hablar.


Callarse ante esto es convertirse en cómplice. Como dijo Cicerón: “la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”


¿Hasta cuándo abusarás, Bartomeu, de nuestra paciencia?

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