Recostado en un asiento, apurando el último sorbo de un café cargado, Akari contemplaba con los ojos entrecerrados la ventana que se abría a su lado.
Se pasó una mano cansada por el ojo, lo restregó y al volver a abrirlo, el mundo se volvió borroso. Sin embargo, aunque trataba de enfocar de nuevo su alrededor, todo seguía cubierto por una pátina translúcida de confusión.
Comenzó a ver formas abstractas, figuras que se acercaban a él y dejaban un reguero de volutas de humo, cuadros que se volvían animados y fotos que renunciaban a ser capturas y liberaban su movimiento.
El mundo desapareció y el hollín de los recuerdos carbonizados comenzó a evaporarse en su interior.
Sus emociones, aquellos oscuros anhelos e ilusiones rasgadas se volvieron confusas formas que bailaban un tango sin música.
Las lágrimas que nunca había derramado se materializaron, flotando sin gravedad alrededor de su corazón.
Akari sonrió, pero no con una sonrisa clara, sino como un espasmo muscular sin definición, una expresión de la alegría que nunca se había permitido sentir y que ahora veía clara, aunque fuera en volutas de humo.
Aquella realidad onírica era como un buen sueño del que no se quería despertar. Las emociones fosilizadas en la negrura de su interior salían a flote, liberándole por dentro. Pensó en todo aquello que nunca se había permitido pensar, besó aquellos rostros fantasmales cuyo sabor nunca probó y soñó con todo aquello que no se había permitido.
Despertó de repente sentado en el mismo sitio, contemplando el paisaje con el semblante inexpresivo. Así pasó un rato, congelado el tiempo, oscurecida la razón y sin saber lo que había pasado.
Solo después de aquel segundo eterno comprendió que acababa de visitar el lugar donde van los besos que nunca han sido dados, los sueños sin soñar, las caricias que se han quedado en las manos y los anhelos sin realizar.
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