Por MrsCrobat

 

La barrita de la conexión se vació y todas las aplicaciones se volvieron inútiles. Despegué la vista del móvil y una sensación de mareo me invadió. ¿Dónde estaba? Había perdido completamente la noción del tiempo. Me giré hacia los lados, intentando ubicarme, pero nada. Se me heló la sangre al pensar que quizás estaba perdido. Muy lejos de casa, sin ayuda y sin saber qué hacer.

El sol se escurría entre las montañas, bañando el bosque con tonos anaranjados. La noche no se haría esperar. Tragué saliva, incómodo.

Me puse a pensar. Realmente, ¿qué sabía hacer? Estaba solo, abandonado. Y aquella pantalla muerta era inútil. Enfadado, tiré el móvil contra el suelo. Pero rápidamente me arrepentí y fui a ver si estaba bien.

Maldita sea, ¿por qué se había convertido ese aparato en una necesidad?

Deslicé la yema de mis dedos por la fría superficie y observé fijamente la pantalla vacía, intentando controlar mi ánimo. No pude evitar apretarlo con rabia.

Lo miré.

-Tú me has traído hasta aquí y tú me sacarás.

***

Avancé por el bosque en penumbra. Sentía mi propia respiración por encima de la calma del bosque. El olor a humedad de la tierra se mezclaba con el amargo sabor que traía el viento. De repente, mi móvil se iluminó como un foco, vibrando y agitándose. Lo intenté coger entre mis manos pero parecía tener vida propia. Volaba. Parecía una gran luciérnaga revoloteando.

Intenté poner en orden mis pensamientos, pero no había tiempo. Salí corriendo tras aquel extraño objeto. Pero iba rápido y yo sentía el peso de mis piernas desentrenadas. Jadeando, subí corriendo una colina que me pareció eterna.

La luciérnaga luminiscente a la que un día llamé móvil se paró. Habíamos llegado a lo alto de la montaña. Allí arriba, todavía podían verse los restos del ocaso.

Mi móvil desapareció tras un chisporroteo. Para cualquier persona que haya jugado un videojuego, eso significa que algo estaba a punto de pasar.

De repente sentí una presencia extraña cerca de mí. Me giré. Era un león.

El pánico me invadió. Intenté alejarme pero su mirada me tenía atado. Su mirada, profunda y abismal parecía haber anulado mi capacidad de reacción. Tragué saliva mientras se acercaba. Traté de cerrar los ojos para evitar ver mi propia muerte. Pero, el león, cuando estuvo a mi lado, me dijo con una voz aterciopelada, cálida y misteriosa: “Sígueme”.

***

Aparecimos de repente en lo alto de un peñasco. El mar, de un azul intenso, se fusionaba con la claridad del cielo en el horizonte. Las olas acariciaban la costa y la potente luz del sol hacía brillar el castillo en el que estábamos. El león esperó pacientemente hasta que hube contemplado cada rincón. Su cálida voz me despertó de aquel ensueño.

-Esto es lo que te pierdes, lo que fluye a tu alrededor mientras miras todo el día tu pequeña pantalla negra.

Entonces caí:

-¡Tú eres Aslan! De Narnia.

Tranquilo, con la mirada puesta en el horizonte, me contestó.

-Tengo muchos nombres.

-¿Qué hacemos aquí, Aslan?- aquella pregunta me quemaba.

-Sígueme y lo verás.

Paseamos por el castillo. Las columnas se erguían hasta el cielo y los salones eran bañados por un sol de plata. Centenares de criaturas extrañas comían y bebían, celebrando la coronación de cuatro reyes, brindando por su reinado. Sonreí, contagiado por la felicidad que parecía flotar en el aire. Me entraron ganas de bailar con los faunos, tocar la flauta con las ninfas y comer con los enanos. Sentí que nunca había sido tan feliz.

-Bienvenido a Narnia- dijo.

Entonces, se paró y me sopló en la cara.

Aparecí en medio de una tierra devastada por el fuego, polvorienta y muerta. Mordor. De repente, desde una torre a lo lejos, un foco infernal se posó sobre nosotros. Sentí miedo. Uno intenso y horrible. Quise huir, pero un pensamiento me atacó. No había ningún lugar para escapar de aquella mirada. Grité desesperado, y me di cuenta de que estaba el león conmigo. Le miré, suplicante. Entonces soltó un rugido que hizo temblar la tierra.

Aquella mirada se desvió entonces y se posó en dos seres pequeños, acompañados de otro, huesudo y pálido, pero que llevaban algo muy grande en sus manos.

-Aslan- le dije- ¿por qué he sentido tanto miedo al principio?

-Porque no has confiado en mí. Ni has buscado mi ayuda.

Entonces guio mi mirada a través de tierras y bosques, hasta llegar a una ciudad construida sobre una cascada. Sin duda era preciosa, la vegetación se aliaba con el material de construcción para ofrecer una morada a las criaturas. Una especie de hombres, pero altos y con una mirada inteligente, circulaban por sus calles.

En una habitación estaba situada la pequeña criatura que había visto antes. Su compañero se levantó, extasiado al ver cómo abría los ojos.

-¡Señor Frodo!- gritó lleno de gozo

Entonces, vi como aparecían más de esa especie. Todos bajitos, pero muy alegres. Se abrazaban con fuerza, se reían sin bromas y se contaban historias. Parecía que habían pasado muchas aventuras juntos. Dentro de mí, se despertó el deseo de tener amigos así. Yo también quería tener historias que contar y amigos a los que contárselas.

Deseaba profundamente una aventura para mí.

-Bienvenido a Rivendel- dijo Aslan antes de soplarme.

Ahora sí que no sabía dónde estaba. Veía algo azul, celeste y cristalino. Pero no, no era eso. Seguía alejándose. Ahora parecía una galaxia, llena de puntitos azules y con toques esmeraldas, veteados y luminosos. Mientras intentaba descifrar el objeto, no podía apartar la mirada. Conforme se alejaba lo entendí. Suspiré. Era… eran unos ojos. Una lágrima comenzó a asomarme. El vello se me erizó. En el centro de la elipse había un agujero negro, oscuro y abismal. En el exterior de la parte oscura, había vetas verdes hasta llegar a un azul celeste.

Sentí su mirada sobre mi. Era preciosa, era bella. No conocía muchas cosas así.

Aquella mirada contaba más cosas de las que se pueden escribir.

Continuamos viajando por muchos mundos, viendo cosas. Recuerdo que pensé: “¿De dónde salen estas emociones? ¿Dónde nacen?”

Fuimos a una galaxia muy, muy lejana, visitamos mundos regidos por la magia de las varitas…

Llegaba el final de esta aventura.

Habíamos vuelto a la colina del principio. Yo había visto muchas cosas en poco tiempo y mi mente las digería poco a poco.

-Aslan… ¿Por qué me has traído hasta aquí, por qué me has enseñado todo esto?-

-¿Te ha gustado?- contestó, evadiendo mi pregunta.

-Sí- decidí sincerarme- no sabía que existiesen sensaciones así-

-Todo lo que has visto aquí, todo aquello que ha sentido, visto y oído tu corazón, son reflejos de la realidad.-comenzó el león con un porte magnífico- Tu vida en la Tierra es simple, te dedicas a ti. Hay cosas que no conoces. Todo lo que has visto está a tu alcance. La belleza, el amor, el miedo, son la esencia de tu mundo. Abre los ojos a tu mundo, apaga tu pantalla negra y descubre el los millones de universos que te rodean.

-¿Por qué me lo enseñas a mí, Aslan?- le pregunté.

-Porque a través de ti el mundo podrá conocerme. Tú, si, tú. Quien está aquí. Tienes una misión en la Tierra. No has aparecido por que sí y no morirás porque sí.

-¿Por q…?-dije, aunque me callé. Me recordaba a un niño impertinente

El león me miró y me vi reflejado en su mirada. Pero aquél que estaba reflejado no parecía yo. Era alguien mucho mejor que yo. En esa mirada no se veían mis imperfecciones, mis fallos ni mis defectos. Parecía un héroe, capaz de protagonizar una aventura.

-Así es como yo te veo-me dijo- mira tú así al resto de personas. Tú puedes cambiar el mundo. Pero antes necesitas conocerlo.  Ese es el primer paso.

-¿Y cuando lo haga-pregunté interesado- me volverás a traer aquí?

-No, estás aquí para conocerme. Ahora podrás verme en tu mundo. Como ya te dije, tengo muchos nombres, pero me encontrarás.

-¿Cómo?

-Tan solo cierra los ojos y llámame. Aunque parezca que no te escucho, que no te contesto, verás como se ilumina tu camino. Y así, podrás lograr tu misión. Y comenzar tu propia aventura.

Y me sopló.

Toda aventura tiene un principio, supongo. Ahora ya sabes cuál fue el mío.

Share: