King Abdullah Stadium. Miles de personas se reúnen en medio del desierto saudí para ver por primera vez a su equipo favorito. Hombres y mujeres, comen y esperan; los jeques mueven millones con susurros en el palco; los jardineros ponen a punto un césped rodeado de arena y los jugadores comienzan a sentir la presión en el pecho. Con todo listo, los periodistas toman asiento en las lujosas instalaciones y se preparan para la difícil tarea de narrar a través de palabras espasmos de emoción futbolística.

Todo avanza con normalidad, las piezas se sitúan en el tablero y solo queda comenzar la partida. Sin embargo, cuando el speaker corea los nombres de los jugadores, se empieza a percibir un murmullo. Poco a poco, este se convierte en silbidos atronadores. Los periodistas, atónitos, tratan de descifrar el origen de aquella monumental pitada a Valverde. No se lo explican. Uno tras otro dan su tibia opinión. Acostumbrados a dar respuestas contundentes a todos los hechos, enmudecen ante esta incógnita sin resolver. ¿Por qué la gente pita a Valverde?

La solución a esa pregunta se presenta como una revelación que muchos no quieren oir o se niegan a hacerlo. Todo el mundo sabe que hay un problema, que algo pasa, sin embargo nadie acaba de dar con la respuesta a tres nombres: Roma, Anfield y Sevilla.

¿Quién tiene la culpa?

El Barça vive en esta espiral somnífera, en la caverna de Platón, viendo sombras y pensando que son verdad.

La primera sombra es Ernesto Valverde, de carácter amable y bonachón. Llegó en una situación límite, con la marcha de Neymar y un equipo sin líder y a la deriva. Ese shock, creó un estado de emergencia donde se necesitaban soluciones. Como si fuera una versión futbolística de la Doctrina del shock de Naomi Klein, se aceptó renunciar a ciertos valores fundamentales del juego con tal de salir del bache. Y se hizo casi de forma inconsciente. Se destruyó a dosis homeopáticas el estilo que define al club, tan lentamente que nadie parecía darse cuenta. Los partidos del Barça se volvían planos, ramplones y en ocasiones soporíferos, pero se aguantaban porque el Barça lo ganaba todo y porque «ya no teníamos a aquellos jugadores». Como si el cruyffismo no existiese antes de Xavi e Iniesta. 

La segunda sombra son los pesos pesados. Una lista de jugadores sobre la que no hay consenso, encabezada por Messi, Suárez, Piqué y compañía. Una grupo que lo ha ganado absolutamente todo. Cada año, cada título, acumulaban más y más poder. Renovaciones, presión a la directiva, caprichos y reconocimiento a su trayectoria. Valverde se encontró esa situación. Se le planteaban varias opciones: choque frontal, como Guardiola; choque y sumisión, como Luis Enrique y sumisión total, como el Tata Martino. De estas tres alternativas Valverde escogió la tercera, la que le definirá como entrenador. Mayor libertad posicional, vista gorda a las travesuras de Piqué, entrenamientos descafeinados (Luciano Spalletti llegó a decir que si ellos calentasen como lo hacía el Barça perderían todos los partidos) y abundancia de días libres. Pero estas dos sombras, que comienzan a formar un engranaje, no podrían coexistir sin la connivencia de una tercera.

La tercera sombra es el equipo directivo del Barça. De herencia rosellista, Bartomeu siempre ha llevado una frase entre ceja y ceja: éxito y resultados. Frente a una primera legislatura deficiente, Luis Enrique consiguió el triplete en 2015. Sin perder un instante, se convocaron elecciones anticipadas y de nuevo fueron ganadas por el mandatario culé. Cuatro directores deportivos en seis años, ausencia de proyecto más allá de resultados inmediatos, fichajes esperpénticos, etc. Los jugadores, fuente del éxito, saben que tienen lo que anhela la directiva. Esta, cuya visión resultadista es manifiesta, acepta el pacto tácito. Subordinación total a su interés. Se cierra el engranaje.

Es así cómo surge el sueño, un mecanismo desconcertante donde ganar es un problema, ya que tapa la realidad de una lenta destrucción de la filosofía y el proyecto futbolístico del club. Todo parece una ilusión, todos están contentos. Es una trampa perfecta.

En el Barça todo empieza y acaba en el balón. Existen dos elementos muy importantes que se han confundido totalmente: el juego y el éxito. En la época de Guardiola y Laporta el orden estaba claro: buen juego equivale a éxito. Sin embargo, la filosofía actual del club es: busca el éxito y de camino te encontrarás con el buen juego. En este caso, el orden de los factores altera totalmente el producto. 

Si el éxito es lo más importante, el entrenador supeditará su táctica a la voluntad de los jugadores. Estos pueden solucionar papeletas, ganar ligas incluso, pero no son infalibles. El castillo de naipes se viene abajo siempre en momentos de presión extrema. Los jugadores fracasarán y se atribuirán  los fallos, ya que en teoría son ellos los que llevan el peso del éxito. Nunca cuestionarán al entrenador, porque para ellos la fantasía es perfecta. Hay resultados y comodidad. La directiva nunca cesará a un entrenador con un apoyo tan explícito de la plantilla porque para ellos el éxito es la clave. Esa es la paradoja, el Titanic deportivo en el que poco a poco se hunde el proyecto pero todos están supeditados al otro, sin que nadie de una respuesta efectiva. 

Los resultados son un terrible somnífero que tapa tremendas carencias de juego y una exagerada dependencia de la figura del 10. Los violines siguen sonando, las alarmas se ignoran. Ahí es donde entra la cuarta y definitiva sombra: la afición.

Esta es la sombra más difusa, pero a la vez la más poderosa de todas. De ella depende que caiga la ficción y que se dispersen las sombras. Sin embargo, esta también está contagiada por el mismo veneno del éxito. La afición proyecta sus propias vivencias sobre el fútbol y vive como éxitos personales las victorias de su equipo. El peligro es cuando esa dependencia no está basada en una idea de juego, en un mensaje o un líder, sino en el éxito. De esa forma, el sesgo cognitivo, que hace que si emocionalmente no queremos ver algo sea imposible verlo, empuja a que mientras haya buenos resultados, mientras haya liderato, el resto de cosas no importen. Cuando en momentos clave se falla es donde se ve la profundidad de la estructura del club. Ahí está la respuesta, no en fallos personales, sino en todo lo que hay detrás de un resultado. El proyecto deportivo, el peso de los jugadores, la pasividad del entrenador, la directiva ausente y la pérdida de identidad. Son factores que individualmente no chirrían, pero que se conjugan todos en momentos clave como Anfield, Roma o esta misma Supercopa y demuestran que la falla, aunque por fuera parezca una obra de arte, está vacía por dentro.

Pasan las jornadas y se mantiene una función que ha perdido el espectáculo. Unos se bajan del barco, otros se juegan la vida intentando despertar al resto y la mayoría baila al son de un vals destructivo.

Algunos logran salir de la caverna de Platón y se dan cuenta del estado real del club. Otros rezan y ponen velas a santos del pasado, mientras que la realidad es que la cuarta sombra, la más poderosa, permanece aún dormida. Fuera, en tierras desérticas, ya han alzado la voz. Ahora nos toca a nosotros.

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